El año de la rough music


El Estado español ha vivido distintas formas de protesta a través del ruido. Se llama «rough music» o «charivari» y este año podría convertirse en la «canción del verano».

Una cripta, que tiempo antes había sido alquilada justo bajo el suelo del Parlamento inglés, ocultaba cientos de kilos de pólvora. El objetivo era volar por los aires la Cámara de los Lores. Aquel plan nunca se llegó a ejecutar y Guy Fawkes, el más famoso de los «conspiradores de la pólvora», fue detenido y encarcelado por la traición de uno de sus colegas. Finalmente fue colgado el 31 de enero de 1606 en Old Palace Yard, en Westmin­ster; su descuartizado cuerpo se exhibió durante días en distintos puntos de Londres como aviso. De este modo, cada 5 de noviembre (fecha en que Fawkes fue atrapado) los ingleses conmemoran la Conspiración de la Pólvora, haciendo sonar cencerros y todo tipo de cacharros de metal. Para el historiador E.P. Thompson, este es un caso claro de rough music, de ruido como forma primitiva de protesta popular, ruido liberador y colectivo, «estridente y ensordecedor –señala en Costumbres en común–, de risas inmisericordes y gestos obscenos».

En el caso de Guy Fawkes, popularizado por Alan Moore al convertirlo en el inquietante enmascarado de V de Vendetta, los ingleses rememoran con cencerros el intento de dinamitar su Parlamento, invocando un recuerdo por medio de su exorcismo: el ruido organizado adquiere la forma de un ritual popular cuyo ensordecedor eco hace partícipe a todo el mundo. También en el carnaval se producen numerosos ejemplos de algarada sonora, una puesta en práctica de motivos desagradables y al mismo tiempo lúdicos, nada sofisticados, donde todo el que lo desee puede sumarse. Democratiza el malestar, lo visibiliza por medio del ruido y en última instancia, al menos en su origen, representa ese «mundo al revés» soñado por Fawkes y los suyos.

 Desfile en Londres celebrando el día de Guy Fawkes y su plan. Fotografía: Getty Images

Desfile en Londres celebrando el día de Guy Fawkes y su plan. Fotografía: Getty Images

Siglos atrás, la rough music surgió como una forma de justicia popular; el pueblo expresaba su rechazo, ira o burla haciendo sonar lo que tenía a mano, generalmente instrumentos de percusión. En Inglaterra, un país con una amplia tradición de dinamiteros, incendiarios y criminales convertidos en héroes, es frecuente acompañar determinadas celebraciones y conmemoraciones con el repique de tambores o chocando cacharros de metal. El sonido del tambor solía anunciar algo importante. También servía para señalar a los culpables. De hecho, existe algo iluminador y culturalmente sagrado en la percusión, siempre presente en el surgimiento de distintas expresiones contemporáneas de cultura popular. Este es el caso del rock and roll, cuya naturaleza sonora evoca a los mismos esclavos negros y a su práctica de hacer sonar con sus pies el suelo de las iglesias o al gesto de dar palmadas, iniciando y acompañando los cánticos a partir de ritmos y sonoridades tribales (el pedal del bombo evoca el regular pateo sobre el suelo, estremeciéndolo, manteniendo el ritmo, dando paso a las sucesivas estrofas, al mismo tiempo que advierte de que esto va «para largo»).

  Cacerolada en Barcelona durante la noche del 28 al 29 de septiembre de 2011

 Cacerolada en Barcelona durante la noche del 28 al 29 de septiembre de 2011

La generalmente gran extensión de las primeras canciones negras, al menos durante su ejecución en las iglesias, remite al carácter abierto e improvisado de la percusión africana, como rituales sonoros donde no hay límites de tiempo o normas preestablecidas. Cada uno participa a su antojo y la música se convierte en una manera precisa de comunión. La tradición musical africana le habla a la angloamericana, y viceversa.

Ambas, en un punto determinado, comparten elementos comunes; son ejemplos de una cultura que viaja por lugares y épocas distintas, vistiendo ropajes igualmente diferentes. Su lenguaje es un lenguaje común. La rough music –que se traduce como «música tosca» o «música en bruto», es una expresión de «burla u hostilidad contra individuos que transgredían ciertas normas de la comunidad», afirma el propio E.P. Thompson. Igual que la célebre cacerolada argentina, que irrumpió hace más de una década como protesta contra el robo –deliberado, metódico, planificado– convertido en el estilo de vida de la clase dirigente. Años atrás (entre 1971 y 1973), se desarrollaron en Chile las primeras caceroladas, que no tardaron en popularizarse por toda América Latina y, en España, una enorme cacerolada nos estremeció con motivo del apoyo a la guerra de Iraq por parte del Gobierno de Aznar.

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Pero hay más. Prácticamente cada país tiene sus propias formas de rough music: los franceses llaman «charivari» a la cencerrada; en la frontera entre Canadá y los Estados Unidos tienen sus propias versiones de charivari; en muchos países es célebre la tradición consistente en atar latas al tubo de escape del coche donde viajan los recién casados. También nuestra literatura más clásica cuenta con numerosos ejemplos de auténtica rough music. En Don Quijote de la Mancha, por ejemplo, encontramos este pasaje:

«Aquí llegaba don Quijote de su canto, a quien estaban escuchando el duque y la duquesa, Altisidora y casi toda la gente del castillo, cuando de improviso, desde encima de un corredor que sobre la reja de don Quijote a plomo caía, descolgaron un cordel donde venían más de cien cencerros asidos, y luego tras ellos derramaron un gran saco de gatos, que asimismo traían cencerros menores atados a las colas. Fue tan grande el ruido de los cencerros y el mayar de los gatos, que aunque los duques habían sido inventores de la burla, todavía les sobresaltó, y, temeroso don Quijote, quedó pasmado. Y quiso la suerte que dos o tres gatos se entraron por la reja de su estancia, y dando de una parte a otra parecía que una región de diablos andaba en ella: apagaron las velas que en el aposento ardían y andaban buscando por do escaparse. El descolgar y subir del cordel de los grandes cencerros no cesaba; la mayor parte de la gente del castillo, que no sabía la verdad del caso, estaba suspensa y admirada».

Quizás en el ruido siempre existe algo incómodo e innombrable, un gesto que nos habla de una clase, del combate entre alta y baja cultura, resucitando el terror atávico que filósofos como Adorno sintieron por el ruido. Posiblemente esta sea la razón de que no todos los teóricos y revolucionarios de izquierdas compartan su amor por el ruido como forma de protesta. En Europa, la rough music ha contado con el desprestigio de parte de esa izquierda: Rosa Luxemburgo, por ejemplo, la consideró una forma de protesta anárquica, tosca y primitiva alejada del estilo de una clase obrera «verdaderamente» revolucionaria.

Fawkes pasea su figura en plena calle, entre vecinos que rememoran a sus propios héroes. Ya es historia. Nuestro panteón clama por algo similar. De hecho, ya está sucediendo. Durante el pasado año, la calle, siempre sorprendente e imprevisible y cuyas propias dinámicas jamás satisfacen a todo el mundo, ha hecho uso de su propia rough music. Con sus sonoras caceroladas y su aspecto rudimentario e improvisado, en ese nervioso gesto de quien busca algo con lo que hacer acto de presencia, esa calle ha convertido en accesible un discurso que afortunadamente se aleja de una pretendida intelligentsia que actualmente se sitúa en la retaguardia de un campo de batalla incierto y convulso. Su gesto es insuficiente, por supuesto, pero expresa algo iluminador que ya brillaba durante las primeras acampadas. Nuestro tiempo exige algo más profundo y de mayor calado, algo que nos conduce no a Guy Fawkes, sino a Hans Bohm, el famoso «tamborilero de Niklahuasen», quien durante la cuaresma de 1476, y ante un atónito público, decidió quemar su viejo tambor, anunciando la llegada de un nuevo orden y el final de la opresión.

[Publicado en Diagonal en marzo de 2013]