El invierno del descontento

El Invierno del Descontento ha durado tanto tiempo que ya no confiamos en quienes se autoproclamaron nuestros portavoces y entraron con pies de plomo decididos en nuestras casas (llegaron a la cocina, miraron alrededor, silbaron una canción y acabaron llevándose nuestra taza favorita del desayuno)


La escena tiene lugar en Sarajevo, en un territorio devastado, una ciudad en otro tiempo próspera pero que ahora está vencida, el infierno en la tierra, pero un infierno humano, demasiado humano. Es la guerra de los Balcanes, esa que tanto nos movilizó porque, al fin y al cabo, los habitantes de lo que prematuramente empezó a llamarse «antigua Yugoslavia» eran de los nuestros y el escritor y hooligan Limónov puso la imagen post mortem definitiva cuando lo vimos desde lo alto de una colina disparando hacia un pueblo situado más abajo (había una sospecha, un rumor que nos decía: «No hay nada vivo ahí abajo porque no puede quedar nadie»). A su lado, un perro famélico junto a un séquito de locos, un batallón de tipos sobre los que piensas que es im-po-si-ble que ninguno de ellos siga hoy vivo.

 Fotografía: Michael Evstafiev (Sarajevo, 12 de septiembre de 1992)

Fotografía: Michael Evstafiev (Sarajevo, 12 de septiembre de 1992)

Nuestro protagonista es un reportero de guerra, Arturo Pérez-Reverte, a punto de vivir su momento de gloria, quien tras preguntar a los atónitos soldados de la Coalición dónde está la línea del frente y, por supuesto, si la zona está infestada de francotiradores, se encamina decidido hacia aquel lugar, justo el sitio adonde nadie quiere ir. No lo hace solo. Lo acompaña un cámara que, desde luego, no alcanzó las mieles del éxito del también escritor y hooligan español. Camina con los bolsillos repletos de cajetillas de tabaco. «Los soldados serbios hacían cualquier cosa con tal de conseguir tabaco americano», me confesó el amigo que me contó lo sucedido, entonces también periodista destinado junto a Reverte. Este amigo, poco después, sería alcanzado precisamente por un francotirador y, ya en el hospital, su colega retransmitió su tragedia, convirtiéndolo en un narrador narradoLe pregunté qué se siente cuando te disparan y su respuesta, tras una breve pausa, fue desoladora: «Nada especial. Es como si te golpeasen con un gran mazo. Al principio no sientes nada, pero luego tienes mucho frío». No tarda en llegar a zona enemiga y, con las manos en alto, muestra una cajetilla bien visible entre los dedos. Una vez allí, un grupo de soldados con mirada perdida y la mayoría de edad recién cumplida hablan con él, que no para de repartir cigarrillos, mientras ellos a cambio le devuelven historias de sangre y muerte. No solo eso. El botín es el salvoconducto. Luego, con la confianza ganada, les pide una pose, una simulación al estilo de la famosa fotografía de la guerra civil en los días de Barcelona, aquel caballo convertido en barricada y aquellos milicianos armados parapetados tras este. Al otro lado, en todos los noticiarios, todos lo ven. Casi puede escucharse el sonido de las balas y también un «¡Ohhh!» pronunciado por los espectadores que no dudan de su arrojo, valentía y, por supuesto, virilidad.