Dios está con nosotros o el día que Esperanza Aguirre citó a Burke y a Yeats

El 28 de mayo de 2013, Esperanza Aguirre publicó una estremecedora columna titulada «El Mal» donde citó una obra inexistente de Edmund Burke y el El Segundo Advenimiento del poeta Yeats. En su cruzada por Occidente no estaba sola: la acompañaba Aznar disfrazado de Cid Campeador


El 28 de mayo de 2013, Esperanza Aguirre publicó una estremecedora columna titulada «El Mal» en el periódico ABC. El artículo citaba una obra inexistente de Edmund Burke y El Segundo Advenimiento del poeta Yeats, un oscuro poema que habla del apocalipsis. Aguirre, convencida de que Dios está con ella, se convertía en una persona con una misión profética. El artículo también alude a la increíble fotografía en la que aparece Aznar disfrazado de Cid Campeador. Aguirre y Aznar se sienten líderes, profetas, heraldos del nuevo mundo. Ambos son representantes de una alucinada clase política elegida por Dios para la batalla final. 

«No he venido a traer la paz, sino la guerra» (Evangelio según San Mateo 10:34 y San Lucas 12:51)

 Edmund Burke retratado por Joshua Reynolds

Edmund Burke retratado por Joshua Reynolds

«Poneos las armas que Dios da para resistir a las estratagemas del diablo; porque la lucha no es contra hombres de carne y hueso, sino […] contra las fuerzas espirituales del mal»

28 de mayo de 2013: café y un ejemplar del ABC. De pronto, una columna titulada El mal, firmada por Esperanza Aguirre, me deja helado. En medio del artículo aparece el nombre del escritor, político e intelectual Edmund Burke, junto al gran poeta William Butler Yeats. «La noticia de que dos jóvenes británicos han degollado en plena calle de Londres a un soldado inglés –confiesa justo al inicio de su columna– ha vuelto a traer a mi memoria el fragmento de la carta de san Pablo a los efesios que escogió Margaret Thatcher para que fuera leído en su funeral». Aguirre cruza un pasadizo (el célebre asesinato de un soldado británico) para llegar a otro (el nacionalismo, esta vez catalán); y lo hace cueste lo que cueste. Es entonces cuando dice recordar la carta que san Pablo dirige a los efesios: «Poneos las armas que Dios da para resistir a las estratagemas del diablo; porque la lucha no es contra hombres de carne y hueso, sino […] contra las fuerzas espirituales del mal». Aguirre es una guerrera en un combate entre las fuerzas del bien y del mal. Su columna es un ejemplo de la creencia, por parte de un amplio sector del poder político, de poseer una cualidad mesiánica y apocalíptica. Se sienten elegidos por Dios para cumplir una misión. Son mensajeros proféticos.

Y, por supuesto, Aguirre está tranquila: Dios está con ella.

Pero su san Pablo se queda huérfano sin un anclaje contemporáneo. Aguirre rebusca en los basureros de la historia, y entonces llega a Burke, el escritor irlandés, quien en su día calificó a los revolucionarios franceses como «caníbales» y «salvajes», y a Robespierre de «antropófago», aterrorizado por lo que hicieron esas «fuerzas del mal». La única revolución que defendió Burke fue la inglesa; para él, la Revolución Francesa era un monstruo. Tampoco le gustaba Rosseau. El Mal que describió en sus escritos tenía incluso un rostro: los revolucionarios eran hienas, carecían de atributos humanos e incluso devoraban a sus víctimas. Burke aseguró que este era el aspecto de lo que sucedía al otro lado del mar, en Francia, mientras en Inglaterra no dudó en apoyar las palizas e intimidaciones de los reaccionarios y realistas: los defensores de la Revolución fueron perseguidos, sus casas incendiadas o saqueadas, y muchos de ellos tuvieron que abandonar el país. Sus fantasmas eran los mismos que aterrorizan a Aguirre. En su columna hay algo atroz, perturbador, fuera de lugar. Me quedo con lo que encierra el final de la cita: «contra las fuerzas espirituales del mal». Para dignificar a los combatientes y dotarlos de una misión, no hay nada mejor que invocar una lucha espiritual. Su mundo es un mundo habitado por cruzados; hay buenos y malos, y para que triunfe la bondad y reine por fin la armonía, tan sólo es necesario exterminar a los malos. Mantener a raya a la chusma. Su Mal es invisible, anónimo. Las fuerzas del Mal están ocultas, igual que los terroristas de Boston. Para resistirlos y hacerles frente, el cruzado debe tomar las armas que Dios le ofrece y pone en sus manos. La última batalla.

Y puesto que todo vale (para entonces mi café se me ha quedado frío), Aguirre se inventa una obra de Burke, citando una supuesta obra suya: «The only thing necessary for the triumph of evil is for good men to do nothing» («lo único necesario para el triunfo del mal es que los buenos no hagan nada»). Ese texto, que afirma ser «célebre», ni tan siquiera existe. En realidad, la frase (y no una obra) simplemente es una adaptación libre de alguna de sus ideas. Sin embargo, el détournement de Aguirre le sirve a su propósito, porque de esta manera parece caminar  protegida por las armas de la razón y porque, como sabemos, Dios perdona todo.

Tras la manipulación a propósito de Burke, le llega el turno al poeta Yeats. Aguirre, que elige a un poeta oscuro -que curiosamente apoyó el independentismo irlandés y militó en las filas de la mítica Golden Dawn-, cita un párrafo de su poema El segundo advenimiento: «los mejores están carentes de toda convicción, mientras que los peores / están llenos de apasionada intensidad».

Si la obra de Burke era una obra inexistente y su cita igual de dudosa, en el caso de Yeats hace uso de un poema cuyas resonancias resultan estremecedoras. No ha sido la primera vez que el poder político ha utilizado el poema de Yeats; durante la invasión a Irak, un informe del Departamento de Estado americano estaba encabezado con la cita: «Todo se desmorona, el centro cede», que aparece justo al inicio del poema. Yeats pensaba en un inminente «segundo advenimiento» («Una revelación se aproxima / se aproxima el Segundo Advenimiento»), advirtiendo del final de una era. En este apocalipsis, el cristianismo jugaría el papel de sistema de creencias en crisis: «¿y qué escabrosa bestia, llegada al fin su hora, se arrastra hasta Belén para nacer?», reza uno de sus pasajes. Lo que subyace en el texto, no es otra cosa que la creencia en que tras el caos vendrá una época de luz, la purgación mediante el fuego purificador (o lo que es lo mismo, Dios repartiendo estopa, pero como Dios parece retrasarse y nunca llega, ella y los suyos se encargarán de hacerlo).

«Ha llegado adónde deseaba llegar. Habla de los totalitarismos del siglo veinte; se refiere al comunismo y al nazismo. Próxima estación, los gulags»

Aguirre, tras manipular citas y desviar poemas, está cerca de alcanzar su objetivo: «Y con el recuerdo de estos fragmentos bien presente me parece interesante e importante intentar determinar qué puede ser, para un político, el mal». Su viaje ha terminado. Ha llegado adónde deseaba llegar. Habla de los totalitarismos del siglo veinte; se refiere al comunismo y al nazismo. Próxima estación, los gulags. El final del trayecto es un foso taurino, una feria de atrocidades, pero ¿donde habita ese Mal?, parece preguntarse. Entonces, ella misma se responde: «podemos encontrarlo más o menos disfrazado en los nacionalismos excluyentes, en el fundamentalismo islámico, en los populismos que ahora surgen en Hispanoamérica y, sobre todo, en el terrorismo que ataca a las sociedades libres». Burke, por supuesto, le daría toda la razón. No corre sola: Dios la acompaña.

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 José María Aznar vestido de Cid Campeador, en 1987. Fotografía: Luis Magán.

José María Aznar vestido de Cid Campeador, en 1987. Fotografía: Luis Magán.

El café se ha quedado en su lugar sin apenas tocarlo. Cierro el periódico. Entonces recuerdo una estremecedora fotografía. En 1987, Jose María Aznar, cuando era presidente de Castilla y León, aceptó participar en un reportaje en el que los políticos debían elegir un personaje histórico y retratarse disfrazados de este. Aznar, sin dudarlo, optó por el Cid Campeador. En la increíble fotografía, que salió publicada en el dominical de El País, vemos a Aznar al pie de un castillo y mirando sonriente al fotógrafo. Abajo, en la lejanía, los campos de Castilla. Más allá, el mundo. Uno de los versos de El segundo advenimiento considera al poeta como un elegido por los dioses para liderar ese cambio: «los mejores están carentes de toda convicción, mientras que los peores / están llenos de apasionada intensidad». Aguirre y Aznar se sienten líderes, profetas, heraldos del nuevo mundo. Los encargados de hacer sonar las trompetas del apocalipsis.