Creo que la policía me está buscando y quiere detenerme (*)

 

Para descargar el documento en PDF pulsa [aquí]

 

 

"No es bueno que todo el mundo lea las páginas que van a seguir; sólo algunos podrán saborear este fruto amargo sin peligro"

Lautréamont

En la noche del 27 y 28 de julio de 1830, jóvenes republicanos se ponen al frente de la insurrección; de día se elevan barricadas en los barrios del Este de París (Saint-Marceau, Saint-Antonie); el día 29 los insurgentes son dueños de la ciudad. La actividad es frenética. Los acontecimientos de París se convierten en el detonante para un movimiento continental; en todas las naciones se lucha contra los reyes absolutos o contra los ocupantes que impiden la independencia nacional, como los belgas que se sublevan contra los holandeses o los polacos contra los rusos. Delacroix   -autor del cuadro La libertad guiando al pueblo- elige el día álgido del combate en las calles de París, el 28, para exaltar con los pinceles el proceso revolucionario. "Dedos sucios cargaban los fusiles y tiraban la pólvora" (A. Dumas). Por vez primera, el artista, el campesino, el obrero y el lumpen de las ciudades se unían y gritaban juntos "¡A las armas!". En una carta fechada el día 18 de octubre, escribe a su hermano: "He comenzado un tema moderno, una barricada... y, si no he luchado por la patria, por lo menos pintaré por ella".

 

"Creo que la policía me está buscando y quiere detenerme", le confesó en Times Square Valerie Solanas a William Shemalix, un atónito policía de tráfico con tan sólo veintidós años. Seguramente jamás había pensado que lo que iba a suceder aquél aburrido día iba a convertirlo en parte de la historia. Seguidamente, Solanas le entregó dos pistolas automáticas que llevaba ocultas en su abrigo, una automática del calibre 32 y un revólver que no llegó a utilizar y que lo llevaba por si las cosas se ponían feas.

           Valerie Solanas había entrado con gesto firme en la sala, disparando hasta en tres ocasiones sobre el artista del extraño rostro, de la pálida cara y el cabello blanco. Tras caer al suelo, gravemente herido, Andy Warhol jamás superaría completamente el intento de asesinato que el 3 de junio de 1968 llevó a cabo la feminista Solanas. Desde entonces, se volvió desconfiado y se sintió profundamente vulnerable. Desesperada y cabreada en exceso, Solanas caminó de arriba a abajo por las calles considerando qué hacer. Finalmente, decidió ir a buscar a Warhol. Tras subir hasta en siete ocasiones en el ascensor de La Factoría preguntando por el artista, lo encontró por fin.

             Varias cosas habían llamado la atención de Warhol cuando subían juntos por el ascensor. La primera de éstas era el hecho de que Solanas se había peinado cuidadosamente, tenía los labios pintados y la cara maquillada, algo inusual en ella. La segunda cosa que atrajo los ojos del artista fue una bolsa de papel marrón que agarraba con fuerza entre sus inquietas manos. Estaba nerviosa y sudaba mucho, un calor producido por el abrigo y el grueso jersey de cuello alto que llevaba. Era junio y hacía mucho calor, demasiado.

              Pero Warhol no era, ni mucho menos, Sherlock Holmes y las balas salieron del cañón de la pistola oliendo a pólvora, cruzando la habitación, deteniendo (casi) el tiempo. "¡No! ¡No! ¡Valerie, no lo hagas!", gritó desesperado Warhol. El silencio inundó el lugar.

             El primer disparo hizo retumbar la habitación. Quienes acompañaban a Warhol pensaron que se trataba de un disparo desde otro edificio o que el local del Partido Comunista Americano, que estaba tan sólo dos pisos más abajo, había sido objeto de un atentado. Tras el primer disparo logró gatear penosamente hasta situarse bajo una mesa, desde donde contemplaba el gesto frío de su asesina. El segundo disparo hizo fijar todas las miradas en lo que realmente estaba sucediendo. Un tercer disparo agotó la furia de Solanas. Este último fue más certero, atravesando su cuerpo por el costado derecho y saliendo por la espalda. Había sangre, mucha sangre, y también gritos, los de sus acompañantes, porque Solanas permanecía callada, observando aquel momento que lo cambiaría todo, incluido a ella misma. Allí estaba también el conocido crítico de arte Mario Maya, fan acérrimo de Warhol, quien fue tiroteado. Rezando en voz baja, el segundo disparo que le dirigió le alcanzó su costado pero, afortunadamente, no tocó ningún órgano vital.

              En un primer momento, todos los esfuerzos de los médicos que lo atendieron fueron en vano. Warhol parecía que no iba a salvarse. Sus amigos, presos de la histeria, les decían que pagarían lo que fuera, igual que los 15 dólares que Mario Maya había entregado al conductor de la ambulancia para que hiciera funcionar la sirena e inundase con su sonido ensordecedor la Tercera Avenida, cabalgando velozmente entre las calles.

Nueva York y parte del mundo se estremecen, y ella es detenida. Semanas después, los Motherfuckers reparten panfletos en plena calle defendiendo la acción de Solanas, quien había sido íntima amiga de Ben Morea, líder del grupo, refiriéndose a ella como una "asesina cultural", así como "una chica con pelotas que había violado la estatua de la libertad". Ese "maestro afeminado" del que hablaba Morea yacía ahora cubierto de sangre mientras su corazón se resistía a dejar de latir. Era un ejemplo más de ese grito que aún tronaba entre las paredes de los grandes y grises edificios urbanos desde que en abril de 1921 un grupo soviético de tendencia dadaísta hubiera proclamado

"EL PROGRAMA EN TINTA DEL TERROR VERBAL"

Los sucesos se habían precipitado demasiado desde el momento en que Black Mask (el anterior nombre utilizado por los Motherfuckers) comenzara a editar su minúsculo y potente boletín cargado de desprecio hacia los museos, el arte y el capitalismo, a la vez que mostraba orgulloso el discurso anárquico y situacionista que lo caracterizó. Era el año 1966 y aún había esperanza. Dos años después, la reverberación del sonido de las balas disparadas contra el artista cruzó el gran charco. Enormes pintadas surgieron también en Londres, siendo vistas por los londinenses cuando el sol comenzaba a salir. Horas antes, miembros de King Mob habían usado grandes cubos de pintura blanca para pintar frases que apoyaban la desesperada acción de Solanas. King Mob, que había tomado el nombre de su grupo de las grandes revueltas de 1870 en Gordon, Inglaterra, dirigidas contra los católicos, invocaba nuevamente a ser malos y salvajes, a enarbolar la bandera negra del crimen y la sedición.

                Aquellos jóvenes protopunks eran el nuevo idioma que activaba a la turba; se sabían todos los trucos, adelantándose a la guerrilla de la comunicación. Deseaban una buena pelea, una revuelta blanca y un gesto de asco en sus fichas policiales. Eran la pandilla secreta que destrozaba los cristales de los comercios al caer la noche, haciendo sonar las alarmas de los comercios y ladrar violentamente a los perros. Aquellos disturbios -una mezcla explosiva de ataques indiscriminados, robos e incendios- aparecen en la secuencia inicial de la película sobre los Sex Pistols The Great Rock´n´Roll Swindle, siendo representados como la justa venganza de los infelices. La guerra era, inexorablemente, contra el mundo burgués y allí estaba, sobre el suelo, el rey del arte del simulacro, de la copia, el gran negociante del arte.

                Cuando aún era un crío había marchado a la ciudad de Nueva York, tomando contacto con pandillas de chicos negros y puertorriqueños. La pequeña delincuencia condujo a que el jovencísimo Morea se convirtiera en un adicto a la heroína de forma muy temprana. Cuando decide dejar las drogas, la afición por la pintura expresionista lo consume, mientras devora literatura incendiaria. Años más tarde está en una esquina de la Quinta Avenida intentando vender algún ejemplar del boletín de su recién constituido grupo, justo en el momento en que Solanas se le acerca y le comenta que le gusta la revista que edita, pero que no tiene un solo centavo para comprarla. Morea le entrega un ejemplar gratuitamente. Solanas, agradecida, sube rápidamente a su apartamento y le da una copia de su, por entonces, desconocido manifiesto SCUM que hacía las veces también de programa para una organización compuesta por una sola persona.

                No se trataba, como señalaba la banda punk The Pop Group, de llevar la guerra a los hogares de la gente, sino de señalar a quienes se culpaba de la pobreza en el mundo y de la muerte de inocentes a miles de kilómetros del hogar. Se trataba de hacerles inclinar la cabeza de vergüenza sin mostrar compasión alguna y asestar golpe tras golpe. Y aunque Mark Stewart, líder de The Pop Group, entonces fuera tan sólo un adolescente de apenas diecisiete años completamente fascinado por la suprema provocación situacionista -releyendo sus textos y observando con detenimiento sus pintadas y sus fotos en grupo- cuando crea la banda y lanza la idea de que todos, al fin y al cabo, somos prostitutas, estaba trasladando una fuerza concreta al campo de la explosión punk. En esa empresa no estuvo solo. Stewart era el fiel reflejo de que, en los dos últimos años de los setenta, las ideas ácratas y situacionistas seguían ahí y habían sido dejadas para su relevo por otros como si se tratase de un potlatch, de un fantástico regalo para la fiesta gamberra de los ingleses.

                El sueño americano, aquel que se presentaba como el mejor de los posibles, se estaba imponiendo a fuerza de metralla, sangre y sufrimiento, y el saldo no podía ser más cruento: centenares de cuerpos sin vida y miles de jóvenes regresando de la guerra mutilados y con gesto ausente. Los bancos, entre otros objetivos, fueron el caramelo perfecto para un juego que usó armas de verdad en una mezcla de amor armado y mística. Algunos edificios y grandes empresas habían sido ya atacados antes de que Ben Morea se marchase durante cinco largos años a unas recónditas montañas llamadas Sangre de Cristo en compañía de su mujer. Unas vacaciones obligadas tras lo que fue una corta canción de rock and roll, un incendio con el viento a su favor, una bola de nieve deslizándose raudamente por la inclinada pendiente y acumulando mayor peso a cada metro que avanzaba.

El mismo célebre y futuro enemigo número uno de Norteamérica, el yippie Abbie Hoffman, hablaba acerca de ellos como de un admirable grupo que "vivía como las ratas". Se refería a Up Against The Wall, Motherfuckers! (comúnmente conocidos como Motherfuckers), cuyo nombre fue tomado de una línea de un poema del poeta y revolucionario negro LeRoi Jones.

                   Estamos ahora en una escena de la película Yo disparé a Andy Warhol en la que Solanas se encuentra en una habitación repleta de libros, botellas de alcohol y armas junto a un motherfucker que, en realidad, representa ficticiamente al propio Ben Morea. Ríen, hablan, traman planes para conquistar el mundo y, tras una sesión de fotos posando con las armas como dos alegres guerrilleros urbanos, caen sobre la cama. Mientras su acompañante está dormido, Solanas toma una de las pistolas, la que en el film se dice haber utilizado para disparar sobre Andy Warhol. Aquello no fue cierto. El arma jamás salió del piso de Morea, sino que fue comprada en una tienda. Exigencias del guión.

                 La historia vital de Solanas había sido tremenda. A una edad muy temprana, había sufrido continuos abusos sexuales por parte de su padre. Tras sus estudios de psicología, comenzó a ejercer la prostitución en distintas ciudades, hasta acabar en el activo barrio neoyorkino de Greenwich Village y pronto entra en contacto con Warhol. La potencia de su texto SCUM, por entonces desconocido, y sus opiniones sobre el género masculino, pudieran dejar clara su opción sexual. No obstante, en el invierno de 1967, durante una entrevista para The Village Voice , aclaró que ella "no era lesbiana" ya que no "tenía tiempo para sexo de ningún tipo", añadiendo que había tenido "algunas divertidas experiencias en coches con chicos desconocidos".

                 El día 3 de junio de 1968, sobre las nueve de la mañana, Solanas se dirgió al Hotel Chelsea, un hotel que también, años más tarde, iba a ser el lugar en donde encontrarían el cuerpo acuchillado y sin vida de la toxicómana Nancy, pareja de Sid Vicious, bajista de los Sex Pistols. En el hotel vivía el que iba a ser el supuesto editor de su manifiesto, Maurice Girodias, pero éste había abandonado ya la ciudad. De hecho, se enteraría de lo sucedido al día siguiente cuando los periódicos abrieron con un titular que decía: "Andy Warhol entre la vida o la muerte" o "Actriz dispara a Andy Warhol". No se lo podía creer.

                  Aquella extraña chica que le había agobiado con su manifiesto y que él, por supuesto, no valoraba en absoluto, saltaba de esta forma a la fama. Para él, aquel descenso a los infiernos de Solanas equivalía a dinero, mucho dinero.

                   La imagen de la sala de espera del hospital en donde el artista se debatía entre la vida y la muerte no podía ser más grotesca. Decenas de amigos, artistas, snobs, críticos de arte, músicos, etc., iban y venían de un lado a otro concediendo entrevistas y haciendo sus propias conjeturas sobre las razones del atentado.

                    Tras confesar su crimen, Solanas admitió que lo hizo porque él "tenía mucho control sobre mi vida". Mientras entraba detenida en comisaría, una multitud de periodistas le preguntaba con insistencia las razones de todo ello, añadiendo que si leyeran su manifiesto encontrarían las respuestas. Solanas no estaba asustada sino eufórica. ¿Había triunfado por fin? Rápidamente, un titular inundó las cabezas de alguno de los presentes y tiempo después se podía leer en The New York Times que "SCUM había abatido a Warhol". Solanas sonreía y pasaba velozmente entre decenas de periodistas que se afanaban con gran esfuerzo por lograr unas palabras suyas o una buena foto. El juez, al escuchar como admitía abiertamente el crimen, la recluyó en un hospital psiquiátrico. Pero no estaba en absoluto sola. Parte de la escena feminista americana le dio su decidido apoyo e incluso la famosa abogada y presidenta de la sección neoyorkina de la organización por los derechos de la mujer, NOW, la defendió legalmente, mientras medio mundo seguía con interés la evolución de los acontecimientos.

                   Pero el tormento para Warhol no había finalizado y, mientras los americanos abrían los regalos de navidad, recibía una llamada amenazándolo con intentar acabar con su vida nuevamente. Era Solanas. Condenada a tres años, fue confinada en una cárcel de mujeres para ser, nuevamente, encarcelada tras ser puesta en libertad, acusada de amenazar a varias personas, incluido Warhol.

Años más tarde, durante una entrevista, al ser preguntada sobre su supuesta organización llamada SCUM, reconoció que no existía tal grupo y que, en realidad, era "un estado de la mente", según el cual aquellas mujeres que pensaran de esa forma estaban, por ese motivo, en SCUM y los hombres que también lo hicieran pertenecían al cuerpo auxiliar de SCUM.

                 "Te prometo que tú serás el último hombre vivo sobre la tierra", le confesó a Morea. Esta profecía, de forma distinta en el sentido de la elección de las víctimas, iba ser también anunciada por el grupo armado blanco The Weather Underground. Mientras de forma solemne un estadio repleto entonaba el himno nacional, sus miembros juraban venganza y declaraban culpables a todos los blancos del país. Así de simple. Por eso, algunos motherfuckers siguieron a los jóvenes de clase media que paseaban bolsas de deporte cargadas de explosivos, uniéndose a ellos e influenciando su modo de enfocar el nuevo paso que decidieron tomar en la lucha contra Goliat. Había prisa, pero nadie pensaba detenerse. Tic, tac, tic, tac. El reloj del mundo parecía haberse detenido. En realidad, los dígitos cruzaban velozmente los segundos, los minutos atravesaban todos los mecanismos de la maquinaria y, finalmente, se estrellaban contra el tiempo. Estaban desesperados. En América una lluvia intensa, intermitente y pesada, chocaba contra el asfalto con inusitada fuerza, destrozaba los tejados de las mansiones y tras de sí dejaba el rastro de una gran tormenta eléctrica.

                  En abril de 1988, enferma y en la mayor soledad posible, Valerie Solanas fallecía como consecuencia de una neumonía a la edad de 52 años.

                 Algo estaba pasando y estaba sucediendo, precisamente, bajo un tablero de ajedrez que había resistido el envite de los años y los siglos. ¿Sería el momento de anunciar el nuevo y fabuloso encuentro con la poesía? Futuristas, surrealistas, letristas, situacionistas, motherfuckers, punks... todos ellos, con su suprema irreverencia y su terror cultural, no hacían más que hacer brillar la máxima de Lautréamont según la cual "la poesía se encuentra en todas aquellas partes donde no está la sonrisa".

                Las balas atravesaban los cuerpos de gente como Andy Warhol. Mientras Warhol sobrevivía, Black Mask convocaba una ocupación del Museo de Arte Moderno como respuesta a la mercantilización del arte (a la vez que se celebraba una retrospectiva sobre Dadá) y el rock and roll -el temido sonido que hacía palidecer a las autoridades- propagaba la electricidad de la rebelión en buena parte de la geografía mundial ante una población que parecía contener la respiración y precipitarse hacia lo más profundo del volcán.

"NO HAY ESPECTADORES PARTICIPAS TANTO SI TE GUSTA COMO SI NO. NO HAY ESPECTADORES. ERES RESPONSABLE TANTO SI TE GUSTA COMO SI NO. NO HAY NEUTRALIDAD POSIBLE. NADIE ES INOCENTE Y NADIE SERÁ PERDONADO"

The Pop Group "There is no spectators"

 

 

 

(*) Introducción al libro Historia de un Incendio. Arte y revolución en los tiempos salvajes: de la Comuna de París al advenimiento del punk (La Felguera Ediciones, 2006)