1968: ¡Al diablo con el pasado! (*)

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            En Inglaterra, a comienzos de los años setenta, la banda protopunk Hawkwind editaba un single que sería censurado por la BBC y que llevaba por título "Urban guerrilla". Inspirado directamente en los sucesos violentos de los últimos tiempos y que tenían como eventuales protagonistas a la guerrilla urbana anarquista de la Angry Brigade y a los cruentos atentados del IRA, su letra decía: "No me hables de amor, flores u otras cosas que no explotan. Nosotros usamos y llevamos hacia arriba nuestros poderes mágicos".

             Las cosas habían cambiado tanto que la tormenta desatada en torno a la recurrente fecha de 1968 parecía ya pertenecer a una belle epoque irremediablemente perdida. La rebelión en suelo europeo, en sus aspectos más salvajes y anticivilizatorios, estuvo encarnada por bandas cuya música y actitud, como el caso de los primeros The Who, fueron consideradas un "crímen armado contra la burguesía". "Volunteers", de Jefferson Airplane, como himno contra la guerra de Vietnam, "Out demons out" de los anárquicos Edgar Broughton Band, o la incitación a saquear y destruir el supermercado de Deviants, son ejemplos de un zeitgeist ampliamente compartido, sobre todo por la juventud. Estos ejemplos son, en realidad, llamadas casi tribales a exorcizar nuestros miedos, cuyo fin no era otro que el mismo de las luchas desatadas en torno a 1968: la realización del deseo.

             Pero esta revolución, parcial y contradictoria, no sólo fue una revolución cultural. La generación que impugnaba las viejas formas de participación política (partidos comunistas o sindicatos de clase) desarrolló un potente espíritu antiautoritario y heterodoxo. Cualquier forma de autoridad fue criticada, ya fuera el agente de policía o el profesor, incluso se atacó a aquellos intelectuales que se mantuvieron al margen de la acción directa desarrollada en el Barrio Latino de París, en las calles céntricas de Berlín o frente a la embajada de los Estados Unidos en Grovesnor Square. En última instancia el desafío era mayor. "Es nuestra civilización misma la que está en peligro", reconocía Pompidou ante la Asamblea Nacional el 14 de mayo de ese mismo año.

             Existen muchos mayos distintos, sobre todo si tenemos en cuenta cuales fueron los destinos de muchos de sus protagonistas. Unos alcanzaron fama y prestigio, otros la cárcel y el olvido. El tiempo como aniquilador, pero también como iluminación. "Si quieres encontrarnos, allí es donde estamos. En cada tribu, comuna, albergue, granja, barracón y casa ocupada, donde los chicos hacen el amor, fuman droga y cargan las armas" declaraba el primero de los comunicados de los Weathermen. Tras el verano del amor, y la llegada del amor armado, la decada siguiente, la de los setenta, trajo el drama, la lucha minoritaria y la ultramilitancia. Muchos de los derrotados de los años setenta fueron, precisamente,   aquellos que se negaron a aceptar otra derrota que se pensó inimaginable, la acontecida en 1968. Un año después, ya se sentaban las bases para ese cambio de discurso. Los black panthers declaraban la guerra a Estados Unidos mediante una convención en la que se tildaba a ese país como abiertamente "fascista", surgían grupos armados en Inglaterra y Estados Unidos, mientras grupos de terror cultural, como King Mob o los Motherfuckers, realizaban un llamamiento a "expresar la poesía a través del cañón del fusil".

              El poder político, que se vió seriamente amenazado, supo actuar a la altura de las circunstancias. En 1967 se organizaban ya los primeros festivales al aire libre y la cultura hippie se convertía progresivamente en una ingente industria que adelantaba la fagocitación cultural de los siguientes movimientos contraculturales. Muchos lo denunciaron pero, curiosamente, sus nombres no suelen aparecer en esa romántica historia de 1968 en la que todos dicen reconocerse. Grupos de salvajes motherfuckers derribaron las vallas que rodeaban el festival de Woodstock, pretendiendo con ello liberalizar la cultura y el ya entonces casi anciano filósofo Lefebvre se negaba a aceptar el colapso y apuntaba la validez que en terminos políticos decía poseer el movimiento feminista. Porque, precisamente, 1968 creció en torno al dinamismo (movement, affinity groups), la negación del lenguaje (lo negro es hermoso) y la acción directa (burn baby burn). Hoy 1968 es parte de la cultura, esto es, ha creado una ideología y, por lo tanto, ha sucumbido a sus peores presagios. Es más, se ha integrado en la hegemonia cultural a través de la hábil recuperación de alguno de sus aspectos, como el placer, el arte urbano, el juego o el hedonismo.

                Esa hiperconcentración de mayos, con sus consiguientes historias, no puede producir su efecto más perverso, es decir, la mitificación de personajes y hechos. "Todo lo que es discutible está para ser discutido. El azul seguirá gris en tanto que no haya sido reinventado" señalaba un panfleto enrage distribuido en Nanterre. Sin discusión y sin que la autoridad sea interrumpida (ya sea en medio de una clase de historia o en plena calle) hablar de 1968 se convierte en un bello ejercicio de nostalgia, justo lo que entonces se detestaba. El tiempo corre tras nosotros, vive sin tiempos muertos... fueron eslóganes que planteaban que no había tiempo para volver la cabeza hacia el pasado. Y, por si quedara alguna duda sobre ello, un año antes, en Nueva York, un periódico ácrata reconocía que "hemos aprendido del pasado, pero ¡al diablo con el pasado!".

 

(*) Texto íntegro de un artículo publicado en el periódico Diagonal con motivo del cuarenta aniversario de Mayo del 68.